Vivir aislados del mundo

Vivir aislados del mundo

Una de las cosas que se deben tener en cuenta al viajar a Perú, ya sea por turismo o trabajo, es la enorme diversidad de su cultura y modos de vida. No es extraño que la realidad cambie radicalmente de una ciudad a otra; e incluso de un pueblo a otro, que no distan más de unos cuantos kilómetros entre sí. Al conocer el Perú profundo el visitante podrá evidenciar dichas diferencias no sólo en el aspecto de los lugares que visite; sino también en la increíble variedad de platillos, los marcados acentos al hablar, el trato con los visitantes, las vestimentas típicas de cada zona, el modo de celebrar sus festividades e incluso la orografía y el clima que, en muchos casos, han sido determinantes al momento de conformar una cultura propia para cada región.

Sin embargo, dentro de todas estas variantes, existen algunas constantes que de una forma u otra nos definen como nación. Siendo un pueblo tan rico en matices me sorprendió saber que una de nuestras más marcadas características era la de vivir aislados del mundo. No quiero que se me mal entienda, ya que con esto no quiero decir que seamos personas cerradas o de personalidad huraña. Por el contrario, creo que somos una de las naciones más amigables y afables que existen. Alegres por naturaleza y fiesteros como pocos. Parte latinoamericana nuestra sin duda alguna. La razón por la cual creo que vivimos desconectado de todo y de todos es que amamos mucho a nuestro terruño. Desde pequeños vamos aprendiendo a amar nuestro sol, nuestras calles y los ritmos con los que late la vida de nuestras ciudades. Le damos un valor emocional a cosas tan inverosímiles como las piedras del parque que está cerca de casa. Ese amor por el lugar que nos vio crecer es tan fuerte y patente que la gran mayoría de los peruanos nunca a dejado su lugar de origen; y de haberlo hecho el viaje no ha durado mucho.

Esto se hizo evidente para mí cuando al estar estudiando la educación superior un amigo me dijo que jamás había dejado Trujillo. Al provenir de una familia en la que viajar es una costumbre arraigada, el escuchar eso fue algo que me impactó de gran manera. Pregunté a otros amigos y compañeros de estudios y me di con la sorpresa que apenas una persona más dentro de mi clase había viajado fuera de los límites de la provincia. Con el pasar del tiempo, y al venirme ocasionalmente la misma pregunta a la mente, comprobé que esa era una de las constantes de mi país. Vivimos desconectados del mundo que nos rodea y vivimos desconectados de nosotros mismos como nación.

Quien haga turismo en Perú podrá apreciar lo mismo una y otra vez. Quizás esa sea la razón por la cual nuestra cultura es tan rica y variada. Porque nos negamos a conectarnos con otras realidades tan cercanas que, se podría decir, están a tiro de piedra. Porque queremos tanto a nuestra tierra que, es difícil despegarnos de ella a menos que las circunstancias nos obliguen.

Hace un par de años, mientras viajaba por trabajo, llegué a un lugar realmente aislado, aislado en el sentido literal de la palabra. El sitio en cuestión se componía de las casas y graneros de unas diez o doce familias, las cuales distaban unos cuarenta minutos a pie entre sí. Sus ancestros se asentaron generaciones atrás en dicho lugar y los actuales pobladores sólo se limitaban a continuar ocupando el espacio que los vio nacer. Vivían de lo que ellos mismos cultivaban y la pequeña escuela funcionaba año no y año si; dependiendo de si los responsables de la educación estatal recordaban que allí había una plaza de maestro por ocupar.

Le pregunté a un poblador como se llamaba aquel lugar y me dijo que no tenía nombre. Le pregunté también cada cuanto tiempo visitaba otros poblados, me respondió que una vez al año si había alguna urgencia. “Todo está demasiado lejos.” Agregó, señalando el asentamiento más cercano. Se veía nítido, un conjunto de parcelas rectangulares desperdigadas a lo ancho de un cerro que se alzaba imponente al cruzar un profundo valle. Comprendí enseguida todo lo que aquella expresión encerraba, ya que para llegar a donde estábamos tuvimos que subir doce horas desde la base del valle, por un trocha tan empinada y estrecha como pocas he visto en mi vida; y eso que he visto muchas. Nosotros llegamos en una camioneta 4×4 todo terreno, allí apenas si vi un par de caballos.

Sin embargo aquel hombre se veía contento de vivir allí y lo niños correteaban felices, saltando entre mazorcas y aves de corral. Pensé en preguntarle si consideraba la idea de buscar una vida mejor en algún pueblo o ciudad. Luego me detuve a observar el paisaje, me imaginé despertando cada día con esa vista tan espectacular, el azul intenso del cielo, la presencia vibrante de las laderas del valle, la tranquila corriente que transcurría sin cesar como un hilo de plata que brillaba al sol, lo dramático de las depresiones que daban forma al valle, el aire helado y puro que daba nueva vida a mis pulmones. Supe cual hubiera sido su respuesta, de haber nacido allí, yo también hubiera amado aquel lugar con todo mi ser.

Foto Sierra peruana – Augusto Salinas – InsidePerú.net

Authored by: Carlitos Fox

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